La diferencia es el impacto en las articulaciones y la intensidad del esfuerzo, y por eso en Guía del Bienestar te contamos sobre ellas.
Elegir entre caminar o correr depende de tu punto de partida y tus objetivos. Ambas mejoran la salud del corazón, el ánimo y el control del peso.
La diferencia clave es el impacto en las articulaciones y la intensidad del esfuerzo.
Caminar es de bajo impacto y fácil de mantener. Es ideal si llevas tiempo inactivo, tienes sobrepeso o antecedentes de dolor articular. Puedes empezar hoy mismo con tenis cómodos y rutas cercanas.
Correr ofrece beneficios en menos tiempo porque es más intenso. Quema más calorías por minuto y mejora la capacidad cardiorrespiratoria con rapidez. Pero también aumenta el riesgo de molestias si te excedes.
Una regla sencilla: si te cuesta sostener una conversación, estás trabajando fuerte. Para caminar “a paso vivo”, deberías poder hablar pero no cantar. Para trotar suave, una conversación corta aún es posible.
Si eres principiante, elige caminar 20–30 minutos, 4–5 días por semana. Cuando eso se sienta fácil por dos semanas seguidas, añade trotes de 1 minuto alternados con 2–3 minutos de caminata.
Si ya caminas con regularidad y no tienes dolor, puedes probar correr. Sube la carga poco a poco, no más del 10% por semana. Dos días de fuerza básica (sentadillas a silla, plancha, elevación de talones) ayudan a proteger rodillas y espalda.
Usa calzado cómodo, anda sobre superficies regulares, y cuida tu hidratación. Detente y consulta si hay dolor en el pecho, mareo, falta de aire inusual, o dolor articular que te haga cojear.
No hay duda, caminar es la mejor puerta de entrada. Correr puede ser el siguiente paso si te motiva y tu cuerpo está listo. Lo mejor es lo que puedes sostener muchas semanas, te hace sentir bien, y cabe en tu vida.
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